domingo, 16 de junio de 2013
Ola de calor
Ha caído el calor sobre las calles
como siempre de golpe, sin sorpresa
revienta los termómetros de junio
derrite las junturas de las losas
y anula las más fuertes voluntades.
Dicen hoy las noticias
que las autoridades sanitarias
de este sur de calor desmesurado
alertan nuevamente del peligro
de la próxima ola de calor,
se anuncian varias muertes esperadas
entre la población de mayor riesgo:
los viejos solitarios,
los niños sin recursos,
la gente que se aloja
en zonas marginales
(los techos de uralita
cuecen a fuego lento)
Despliegan los programas oportunos
para la prevención de lo de siempre
salvo que, como siempre, queda intacta
la pobreza en su sitio habitual
con su insana y habitual tendencia
a morir por un golpe de calor.
Un gorrión ha impactado sin ruido
en la acera, a dos palmos de mis pies
desde un alero cercano
o desde su último vuelo:
la víctima primera
de este nuevo verano.
jueves, 13 de junio de 2013
El incendio
Isidro llevaba una camilla por el pasillo norte de la séptima planta cuando vio salir humo por una rejilla del aire acondicionado. Se paró y lo vio deslizarse por la pared verde agua hasta llegar al suelo con la lentitud de lo liviano. Miró en las habitaciones y por todas iba saliendo ese humo negro, cada vez más espeso. Corrió al control de la planta a avisar a sus compañeros. A esas horas de la noche el personal de guardia era mínimo, y tanto los pacientes como sus familiares dormían o estaban inmersos en ese simulacro de sueño que se tiene en situación de alerta vital.
Procurando no causar más pánico del ya existente, Isidro y los demás trabajadores de la planta ayudaron a levantarse a los enfermos, les dieron mantas, pidieron a los acompañantes que se hicieran cargo de varios pacientes cada uno y se dirigieron hacia la escalera principal. Por allí el humo era tan denso que tuvieron que retroceder para la parte de atrás, menos afectada. Pero en esa zona la escalera de servicio es de un metro de ancha, y entre ese paso tipo embudo, la oscuridad, el miedo, el humo y la situación de desvalimiento de la mayoría de los evacuados, la salida por allí se convirtió en una trampa.
En la sexta planta se encontraron con otra avalancha de personas en idénticas condiciones. En la quinta, pediatría, los niños mayores iban sujetos unos a otros con vendas como si fuera una cuerda y se cubrían la boca con pañales empapados en agua. Enfermeras, auxiliares y madres llevaban niños pequeños en brazos. Todos lloraban. Entre la quinta y la cuarta empezaron a tropezar con bomberos que subían corriendo; sus linternas alumbraban batas blancas y pijamas azules, gomas colgantes, sueros desconectados goteando sangre, caras de horror...
De pronto, Isidro se sintió mareado, perdió de vista a sus compañeros y sujetó fuerte por los brazos a los dos enfermos que llevaba consigo. Antes de llegar a la tercera planta, cayó redondo al suelo.
“Diario de la Provincia. 20 de octubre.
Ayer se produjo en nuestra ciudad un desgraciado suceso que todos pudimos observar, dadas sus proporciones: el incendio del hospital ha sido una tragedia inesperada. Inaugurado hace tan sólo tres años con las mejores condiciones de seguridad posibles, según se creía, ha ardido sin remedio ante el estupor de todos los ciudadanos
Parece que el fuego empezó en la planta sótano, donde, según explica el propio gerente, se acumula gran cantidad de productos inflamables. Según otras fuentes, y contra toda lógica, allí se guardan además, a la espera de los necesarios archivos, auténticas montañas de historias clínicas. La humareda ocupó todo el espacio del edificio en cuestión de minutos. El hospital tenía en ese momento seiscientos cincuenta y nueve enfermos ingresados, según los datos del servicio de administración.
Los bomberos tuvieron grandes dificultades para trabajar. El único acceso medianamente practicable era la zona sur, menos afectada por las llamas, pero las escaleras de esa zona, demasiado estrechas, no permitían el paso de camillas, ni mucho menos de camas o aparatos de cierto volumen. En su subida a las plantas, además, iban tropezando con grupos apelotonados que se empujaban y caían en su necesidad de encontrar una salida.
Las personas atrapadas en la zona norte tuvieron que ser rescatadas por las ventanas mediante dispositivos externos, como escaleras y mangas. Los enfermos fueron trasladados a otras clínicas y hospitales.
También algunos trabajadores han quedado ingresados por diversas causas, fundamentalmente intoxicaciones por humo. Estamos aún a la espera de conocer el número exacto de víctimas producidas en esta catástrofe.
Muchos de los vecinos de los barrios cercanos acudieron a ayudar y participaron en el traslado con sus propios coches. Todos se preguntaban, indignados, adónde fue a parar el dinero destinado a las medidas de seguridad del hospital.
El ejército ha ocupado las instalaciones para evitar saqueos, aunque se sabe que ya han desaparecido materiales costosos y aparatos altamente sofisticados.
Esta tarde tendrá lugar una rueda de prensa con los máximos responsables políticos y sanitarios, representantes de la empresa constructora y los arquitectos que elaboraron el proyecto, entre otros, para explicar porqué no había escaleras de incendios, ni salidas de emergencia útiles, ni compartimentos estancos para el almacenaje de productos peligrosos, ni extintores en las salas, ni plan de emergencias, ni sistemas de alarma…
Mientras se investiga lo sucedido, esperamos que puedan dar alguna explicación sobre qué pasó con los presupuestos destinados a esas medidas básicas de seguridad, y por qué se inauguró sin ellas el hospital.
Todo un misterio.
O un nuevo acto de avaricia y fraudes múltiples, según el sentir de los ciudadanos."
O un nuevo acto de avaricia y fraudes múltiples, según el sentir de los ciudadanos."
Isidro no sabe qué ha sido de sus compañeros ni de los enfermos de la planta. Le dicen que aún es todo muy confuso, que no hay datos fiables.
Suelta el periódico, que cae al suelo deshojado, se ajusta la mascarilla de oxígeno y cierra los ojos de nuevo.
domingo, 9 de junio de 2013
En medio de un paréntesis
Erase una vez un hombre
listo, culto y divertido
(divertido a su pesar)
inteligente y dolido
tenía mucho en su favor y una sola cosa en contra: él mismo
se pasó varios años persiguiendo una sombra
-siempre persigue sombras, humo, anhelos, sueños, nubes-
no le gustaba su nombre
no le gustaba su vida
no le gustaba la vida
y trataba de esquivarla en sus aristas
como si jugara a no pisar las rayas de un suelo inamovible.
Masticando los días ferozmente
pasó unos años navegando solo
en un mar de espejismos
nos encontramos perdidos y magullados en medio de un paréntesis
nos acogimos así: mojados, heridos, ahogados
sobrevivimos juntos
vivimos compulsivamente
nada más
nada
nada
nada y la tristeza infinita...
Y no puedo salir de esta espiral perversa de soñarte
y Nueva York está tan lejos...
miércoles, 5 de junio de 2013
Sonrisa de saldo
Siento que llego tarde a algo cuando apenas
me acabo de despertar.
Voy ligera por la calle con esa urgencia soñada,
me apresuro en los semáforos al ver que cambian a rojo
como si alguien me esperase no sé dónde.
Siempre es decepcionante la indiferencia del tiempo
y saber que nunca más
ya nada importará demasiado.
Vuelvo a la cama o al sueño
-no hay una gran diferencia-
con las aceras pegadas a las plantas de los pies,
en mi cara dibujada una sonrisa de saldo.
Pero hoy puede ser mi día de suerte.
Y correr por las calles no es tan descabellado
después de todo.
martes, 21 de mayo de 2013
En la taza de té
Hoy todo me conduce a la tristeza:
el azul que se acerca a la noche y la bolsa de frío violeta
de los mapas del tiempo,
el eterno sigilo del gato,
la llamada perdida,
la carta sin respuesta,
el mirlo atolondrado que golpea el cristal,
las flores muertas que se deshacen sin ruido
pétalo a pétalo,
las noticias del amigo enfermo,
la gente que se ha ido... ¡Tanta gente!
(No sé decir adiós en los adioses definitivos)
Se deshace este absurdo poema
en la taza de té. Alguien grita en la calle
que se anuncia una nueva borrasca.
sábado, 11 de mayo de 2013
La tempestad
El capitán, que se encontraba tranquilamente en la proa disfrutando del buen tiempo, se sobresaltó cuando el barco empezó a agitarse bruscamente. La cubierta se zarandeó bajo sus pies, la quilla se elevó y el barco cayó de costado antes de empezar a dar vueltas, como si hubiera entrado súbitamente en un torbellino.
Cuando paró el movimiento, él y el timonel se encontraron tirados en la cubierta de estribor, atónitos. Una nube espesa envolvía el barco. En sus muchos años de navegación, jamás habían visto un fenómeno semejante a ese. Estaba oscuro pero podían ver constelaciones negras sobre un fondo blanco grisáceo. Perplejos, se dieron cuenta de que eran letras, palabras, frases enteras incluso... izaciones sociales convocan a una concentrac... el FMI pide a... Se esforzaban por leer en los recovecos de aquel extraño cielo, por si encontraban respuestas a esa insólita tempestad. De pronto, de la misma manera que los cubrió, la nube empezó a abrirse, las palabras se alejaban, se alejaban... hasta que desaparecieron y se hizo la luz nuevamente a su alrededor.
El niño hizo una bola con la hoja de papel de periódico, la tiró a la papelera y dejó el barquito encima de la mesa para verlo bien. La vela estaba algo enredada y la alisó. En la cubierta, de color azul celeste, los dos ocupantes del barco, dos figuritas de plástico vestidas de marinero, estaban sentadas con la cabeza apoyada en el trinquete y los ojos abiertos de par en par. Los levantó y los puso derechos. Colocó al que llevaba gorra de capitán en la proa, mirando al frente; al otro muñeco lo puso al timón.
martes, 7 de mayo de 2013
...hasta el Finis Terrae
Y así acabé el Camino, con mis botas al filo del acantilado en el cabo de Finisterre, tratando de conseguir una imagen del estallido de las olas contra las rocas de allí abajo -tan, tan abajo- sin darme cuenta de que mis pies se interponían entre el objetivo del teléfono y la imagen que quería captar. Luego me gustó la metáfora y no la borré.
La sensación increíble de haber atravesado andando prácticamente todo el norte peninsular me deja embobada, emocionada y con ganas de seguir adelante, de sacar unas alas blancas y echar a volar sobre la masa atlántica, sobre los farallones puntiagudos...
Las hadas, duendes y elfos que salían a saludarnos por los bosques últimos quedaron atrás, con sus vidas enredadas entre los helechos renacientes; atrás quedaron los troncos maravillosos de castaños centanarios y los riachuelos que se forman por los caminos en cuesta apenas empieza a llover, caminos-torrenteras que no acaban de secarse nunca...
Los amigos encontrados se fueron a sus respectivos lugares de destino. Me dieron muchas cosas impagables y siguieron su camino: nunca nos olvidaremos, estoy segura. Con el tiempo quizá se vayan fundiendo las imágines y mezcle en mi recuerdo a F con J y con E y V. Pero no importa, su paso por mi vida ha dejado una impronta que permanecerá.
Nunca olvidaré que se puede bailar como si estuvieras sola estando rodeada de gente, que se puede coger de la mano a un desconocido para que no llore solo, que las fronteras de los idiomas -y otras- se saltan sin tener que pasar por aduanas académicas y sin pagar las tasas de los prejuicios, que se puede aprender algunas palabras de swahili mientras se sube a O Cebreiro y al mismo tiempo reir y respirar...
Me preguntaba antes de irme por qué me gusta el Camino, por qué vuelvo siempre a esas sendas, qué me lleva allí... ¡qué tontería de pregunta!: el camino es la meta, no necesita motivos ni explicaciones.
Cuando era muy pequeña quise irme con un circo que pasó una vez por mi pueblo, cosa que no conseguí. Mi familia pensó -y mantuvo toda la vida- que yo quería ser titiritera, pero en realidad lo que yo quería -supongo ahora, desde esta distancia sideral de años- era vivir por los caminos...
viernes, 19 de abril de 2013
Paso a paso
Sobre la cama, la mochila abierta. Nunca estoy segura de haber metido todo lo que necesito, que es muy, muy poco. Este año he aumentado el bagaje añadiendo una linterna y una navajita, ambos objetos pequeñísimos, como de juguete. También he añadido un cortavientos nuevo para afrontar la primavera inestable.
¿Qué lleva a tanta gente a ese viaje?
¿Qué me lleva a mí?...
...Andar sin máscara, prescindir del rol social, olvidar la procedencia, dejar al destino esperando en mi casa hasta que regrese.
No tener más certeza que mis piernas, la ruta de cada día, una meta cercana.
Seguir unas flechas que cruzan páramos, montes, pueblos, bosques, ríos.
Diluírme en los días, confundirme en el mirlo, el roble, el desconocido de sonrisa inmediata...
Es un camino lleno de vida; quizá siguen en él todos cuantos pasaron antes de ahora y el preludio de quienes pasarán después.
No termina en Santiago, ni en Fisterra o Muxia... No termina, siempre está empezando.
Salgo esta noche en autobús, llego por la mañana a Ponferrada y retomo mi camino, siguiendo el que hace el sol cada día...
¿Hasta cuándo, hasta dónde...? Eso no importa.
Poco a poco, paso a paso...
domingo, 14 de abril de 2013
Como restos de un naufragio
Estás aporreando la puerta. Tus golpes retumban en mi cabeza como toques
de tambor: rítmicos, duros, incansables, automáticos, enloquecedores...
No voy a abrir, ya sabes que no te abriré más esa puerta. Te veo por la mirilla,
la cabeza apoyada en la madera, los dos puños pegando contra ella
despacio y acompasados. Cada vez más despacio. Ya estás cansado, pero
sigues, y sigues, y seguirás así hasta caer al suelo.
La voz chillona de una vecina se dirige a mí sobre los tendederos del patio:
"abrele la puerta a tu hijo, por Dios, que nos va a volver locos", y luego a
ti: "cállate, hijoputa, y a ver si te mueres ya". Tú y yo seguimos a lo
nuestro, en nuestra resistencia callada y ajena a todo lo demás, pendientes
sólo de cumplir bien nuestra parte en el drama que llevamos años
desarrollando.
Apenas puedo recordar cómo se inició, sólo sé que de pronto un temporal
había arrasado mi casa y yo me encontré, rota y aturdida, en medio del
derrumbe. Nunca comprendí cómo pudo llegar hasta nosotros aquel mal
viento, sin ni siquiera haber notado antes un poco de movimiento en el aire
que nos envolvía. Pero hace ya mucho tiempo que dejé de querer entender: pido
al entendimiento que se aleje de mí; sospecho las peores intenciones en
cualquiera de mis pensamientos.
Te veo resbalar despacito pegado a la puerta, sin separar de ella la frente y
los puños. Caes al suelo y ahí te quedas aovillado, y sigues golpeando sin
fuerzas las losetas partidas. Me sigues golpeando a mí. Pararás un rato
cuando te quedes dormido en medio de tu estupor permanente, y entonces
yo me retiraré de la puerta y me sentaré delante de la ventana para verte
salir a la calle cuando despiertes.
De la casa de enfrente veo salir y entrar a mujeres con las bolsas de la
compra, siempre dan varios viajes, compran en distintos momentos cada
cosa: ahora el pan, luego la carne… es una forma de salir de la casa.
Conozco a algunas de ellas. Todas caminan mirando al suelo, a veces
saludan. Al lado del portal está el viejo de siempre, sentado en la banqueta
donde lo pone su hija un rato cada día a tomar el sol de la mañana, con su
sombrero puesto y una muleta cerca, apoyada en la pared. Un poco más
arriba, la frutería, con las cajas en la puerta ocupando la acera. Se ven pocos
niños por la calle, es hora de colegio; sólo están los muy pequeños o los ya
dejados por imposible.
Ahora sales tú, hijo, como una sombra balbuceante tirando de un cuerpo de
fantasma, con los faldones de la camisa colgando, el jersey roído, los
pantalones escurriéndose caderas abajo, andando sin norte entre el oleaje de
tu ropa. Te acercas a la frutería y Pura te da algo rápido para alejarte de allí
lo antes posible; al dártelo mira con disimulo a mi ventana. Sigues calle
arriba, te alejas, desapareces de mi vista. Durante un rato estarás fuera de la
órbita de mi ventana, pero sé que vas hacia las tapias del cementerio -qué
fina ironía- en busca de otra dosis que te proporcione la supervivencia de
hoy. ¿Qué harás por conseguirla? ¿Qué no harás?
¿Cuánto hace que no salgo a la calle? Atrapada entre el miedo de tu vuelta
y el miedo de que no vuelvas, espero aquí siempre. No sé ya vivir sin ese
ritual de golpeteo que cumplimos varias veces al día, ambos igualmente
cansados, igualmente inamovibles en nuestro lado de la puerta. Me
mantiene enganchada a la vida esa salmodia a ritmo de locura. Ya queda
poco.
Hoy empieza a hacer frío. Sacaré una manta a la puerta. Pronto volverás a
subir.
martes, 9 de abril de 2013
La mecedora
¿Qué tiene de mágico encontrar a dios por las tardes bajo la acacia grande del jardín? Seguramente nada, porque yo lo encontraba a diario, y dios era una mujer vieja vestida de luto riguroso que se mecía en su butaca. Todas las noches de aquellos larguísimos veranos infantiles, cuando la única distracción era sentarse en el porche a ver ascender la luna desde la línea del horizonte hasta que se hacía inmensa frente a nuestra puerta, esa mujer nos contaba, desde su mecedora, las verdades y los secretos del orden del mundo.
De toda esa visión cosmológica básica e imprescindible aprendí unas cuantas cosas:
Que la mar tenía un pacto con Dios, según el cual ella no se saldría del lugar que le había sido asignado en la creación -cosa que procuraba insistente y machaconamente- si le era suministrado un hombre a diario con el que paliar su insaciable necesidad de seres humanos. Ésta era una situación inapelable y a nosotros sólo nos cabía esperar no ser la pieza elegida.
Que la luna, con sus ciclos, ponía orden en determinados aspectos de la vida y alumbraba la tierra cuando le tocaba. Y que era el lugar de castigo de un leñador que se atrevió a mirarla de manera obstinada e insolente una noche que andaba por el bosque en sus faenas. Parece que, ofendida por la insistencia de esa mirada, decidió castigarlo con una hartura contemplativa: lo transportó hasta ella y allí seguía, dando vueltas y vueltas sin parar con su haz de leña al hombro.
Que las estrellas contaban con una gran complejidad en sus funciones, y eran tantas que el orden clasificatorio resultaba en extremo difícil, pero que, en definitiva, todas tenían en común ser el principal adorno celestial. Las imaginábamos como pasadores luminosos de una larga cabellera negroazulada. De ellas debíamos aprender lo esencial: que cuando las viéramos caer teníamos que formular inmediatamente un deseo, que nos sería concedido.
Todo eso nos contaba la mujer de luto.
Sabiendo estas cosas, me sentía poseedora de un interesante bagaje con el que moverme por el mundo. También sentía la responsabilidad que añade el conocimiento. Cuando, en los días de luna llena, veía al leñador que daba vueltas sin parar dentro de aquella moneda de cara sonriente, yo sabía que tenía la clave para liberarlo de su condena, pero siempre que veía caer una estrella, me salía instintivamente la misma súplica egoísta: que no sea yo la persona elegida mañana por el mar.
Un año, a punto ya de acabar las vacaciones, movida por la urgencia del poco tiempo e investida, creía, de un enorme poder, decidí salvar al leñador de su destierro. Me levanté de noche cuando todos dormían y salí a la puerta. Hasta los escalones llegaba un camino de luz blanca que conducía, derecho sobre el mar, hasta la cara iluminada de la luna. Eché a andar por él.
Me contaron que pasé varios días enferma, enfebrecida y delirante, hablando del pasadizo que conducía al lado oscuro, de leña esparcida por las estrellas y de un anciano que corría sobre las olas buscando un bosque.
Otra noche, muchos años después, quise volver a antiguas sensaciones mágicas y me adentré de nuevo por el camino de la luna. Todavía no me ha perdonado mi madre que al día siguiente me presentara a mi propia boda con ojeras, el pelo chorreando, olor a salitre y la sonrisa idiota.
(Para mi abuela, cuya acacia favorita murió con el último vendaval)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)










