Recuerdo que una noche, siendo yo pequeño, mi abuelo me contó esta historia:
"Cuando yo tenía más o menos tu edad, hace muchos años, sucedió aquí una desgracia de las que entonces eran frecuentes: una muchacha de diecisiete años murió al dar a luz y con ella murió también su niño recién nacido. El marido tenía veintitrés años y sentía adoración por su esposa. Ante los cadáveres de la mujer y del hijo el pobre hombre escribió el epitafio para la tumba: unos versos algo ripiosos, pero muy sentidos, sobre el soplo vital que huía de su lado siendo tan joven, sobre el dolor que perduraría, sobre esa criatura efímera… Son los que están grabados en la tumba, siempre los leemos cuando vamos allí ¿te acuerdas?, su panteón es esa especie de templete de mármoles blancos y rosados que tiene en medio una urna enorme. Todos pasamos siempre a visitarlo, por deferencia y porque está en el centro de la avenida principal.
El marido entregó los versos al marmolista, hizo los ritos funerarios adecuados y enterró a la mujer y al hijo en esa urna. Fue un funeral muy largo y el duelo se despidió en la puerta del cementerio.
Al día siguiente supimos que el hombre se había matado, seguramente en cuanto llegó a su casa. Antes, escribió su propio epitafio, que completaba el que ya había dado para ser inscrito en la piedra.
Así que dos días después de enterrar a la mujer y al hijo enterramos al marido. Pero algo que él no previó, quizá porque el dolor lo tenía obnubilado, era el problema que suponía enterrar en sagrado a un suicida. Por más que la familia intentó todas las vías y suplicó que por pura pena, que por compasión… nada, fue imposible que lo metieran en la urna de mármol con su familia: lo enterraron en la parte destinada a los que morían en pecado o fuera de la Fe Católica. Esa zona que está en un apartado del cementerio, separada por una tapia del recinto sacro.
El marmolista empezó a tallar los versos en las paredes de la urna al poco tiempo. Un día dijo que no iba más a trabajar a esa tumba porque oía unos lamentos insoportables que salían de dentro de la urna y otros más fuertes que venían de fuera, desde la tapia de los proscritos. Otros obreros que trabajaban cerca dijeron lo mismo, y el propio enterrador afirmó rotundamente que eran las voces del matrimonio, que se llamaban.
Todo el pueblo comentaba aquello, de tal modo que las autoridades decidieron tomar cartas en el asunto y, con los papeles en regla, un día abrieron la urna: ante ellos estaban la mujer-niña, su hijito y su marido, todos juntos, todos intactos pese al tiempo transcurrido, todos con aspecto apacible en su tumba. Cerraron aquello y decidieron no hacer ni decir nada más sobre el asunto. Pero todo el mundo se enteró y empezaron las visitas a la tumba como si fuera aquel lugar un centro de peregrinación. La gente decía que se oían salir de allí susurros, pequeños suspiros…
Siempre creí que los obreros decían la verdad en lo de oír lamentos, aunque fuera pura sugestión, y creo también que ellos mismos trasladaron al marido a su sitio en la urna, para evitarles a los enamorados esa separación eterna. Que luego dijera la gente que se seguían oyendo ruidos es más raro, pero ya sabes cómo somos en los pueblos, tan amantes siempre de misterios, sobre todo en estos pueblos donde nunca pasa nada y nos mantenemos siempre a la espera de algún prodigio…"
…..
La voz de mi abuelo suena cerca de mí:
- ¿Oyes?... Escucha, están hablando.
- Sí, abuelo, los oigo pero no sé lo que están diciendo…
Ahora sé que es verdad, que se oyen murmullos, algún suspiro, alguna palabra diferenciada incluso...
Pero ahora mi abuelo y yo, con otros muchos parientes, estamos en el panteón número tres de la misma avenida de cipreses en que está la gran urna de mármol, y no podemos salir de nuestros ataúdes para investigar esa rareza.