lunes, 24 de octubre de 2011

Una nube que pasa



Anclada al fondo duro de la monotonía
en la ensenada rota del final del verano
despliego algunas veces unas alas azules
con las que emprendo el vuelo a un otoño tardío.

Tiro las rendiciones que me lastran las horas
me deshago del peso de las culpas mohosas
abandono a su suerte la última derrota
-que flota a la deriva por un tiempo-
y despego de un salto tras la nube que pasa
tras un soplo de aire
tras la lluvia de octubre.

Siempre interrumpe el vuelo
la tenaz realidad
la rutina del día.

domingo, 16 de octubre de 2011

Desayuno con C. (de crisis por los cuatro costados)


Cuando yo era chica, siempre tenía la sensación de  que el domingo se me iba por el desagüe, perdido entero por el hecho de perder una hora en misa. Era sólo una hora, pero me fastidiaba el día libre, que debería haber sido entero para perderlo con mis propios criterios de pérdida y no con otros, ajenos a mí.
Esta mañana me ha llamado C., una amiga que estuvo ayer de guardia de 24h en una unidad hospitalaria difícil y compleja, demoledora para el ánimo. Me llama al terminar la guardia, machacada, y me dice que viene a desayunar. Se ha llevado hablando cinco horas, pero ha sido imposible entrar a sus sentimientos: ha mantenido cerrado a cal y canto su corazón, por razones de seguridad, entiendo.
Ha barajado todas las teorías sobre la crisis del sistema sanitario, del sistema social en su conjunto, de los sistemas de valores, etc, etc… Pero no ha dejado un solo resquicio abierto para mirar hacia adentro, para mirarse, y cuando yo le señalaba esa falla en su discurso volvía de inmediato a un bucle perverso sobre cómo gestionamos de mal los propios sentimientos, de modo que se perdía entre la hojarasca de sus palabras nuevamente, para evitar la confrontación con su propia gestión vital, con SU manejo de SU vida. 

De alguna forma me recordaba esos estudios sociológicos en que los detalles se pierden en un conjunto cerrado en el que las calles, las personas, los afectos, dejan de tener existencia real en favor de los datos estadísticos. He tenido la impresión de que mi amiga, consciente y voluntariamente, diluye la percepción de su vida en leyes generales. Huye de un caos personal a través de teorías que, siendo absolutamente impersonales, engloban a las personas .
 Ha dejado un halo de despropósito en mi cocina. 
Yo comprendo: es duro sobrevivir en medio de disparatados esquemas, y ella, que es de una inteligencia extraordinaria, se organiza un mundo a medida de lo inalcanzable. Por eso deambula desde hace tiempo por los límites de las cosas. Por fortuna, no cae demasiadas veces en el pantano de irrealidad que bordea permanentemente de manera tan “natural”.
La quiero tanto que me dan ganas de zarandearla. Pero sólo puedo abrazarla y transmitirle que estoy siempre cerca. Cuando se ha ido, lo primero que he hecho es asomarme a una ventana y lanzar un grito, para escuchar algo más humano que el frío análisis lúcido de una situación dolorida.
No he perdido esta mañana de domingo si de algo le sirvió a C. echarme encima su saco de teorías. Pero la experiencia con ella me dice a voces que no le sirve.

jueves, 13 de octubre de 2011

A R., mi gato


Sus pasos afelpados me siguen por la casa.
Se oculta tras la aspidistra o bajo el vuelo de la cortina, siempre alerta.
Me salta al codo cuando paso cerca de la mesa del comedor, y a los bajos del vaquero si está de guardia detrás de la puerta de la cocina, intrépido cazador; yo simulo sobresalto y él se aferra al dobladillo duro del pantalón y mordisquea los tobillos con gozo.

Aúlla desde el brazo del sofá mirando el paso de abejarucos por la ventana, y caza con deliciosa elasticidad el simulacro de pájaro de plumas azules que lanzo al aire.

Mirándolo vivir, quedo plenamente convencida de que la imaginación no es patrimonio exclusivo de la humanidad.


Los gatos son seres exquisitamente independientes. Parecen deidades desdeñosas y altivas casi siempre. A veces se convierten en bolas de pelo caliente que buscan caricias, se restriegan contra las piernas, se meten bajo el brazo, se colocan entre las manos y las páginas del libro que quieres leer, buscando contacto. Pero... pobre de ti si los tocas más de lo que desean, porque entonces se enfadan como ellos saben: dan un manotazo de uñas afiladas y saltan lejos.
Cuando sucede, me quedo pensando hasta dónde se puede invadir la intimidad de un gato. Y hasta dónde se puede ignorar a un gato, cosa que tampoco parecen soportar: cuando me voy por un tiempo, el mío, aunque se queda cuidado por otras persona, a mi regreso me trata con desprecio, pasa por mi lado sin mirarme, sólo le falta silbar o escupir para que me dé cuenta de cuán grande es su orgullo herido por mi abandono.

Vivir con ellos es muy fácil si una es de la misma pasta de los gatos, o lo pretende.
Comprendo bien a mi gato: independiente, solitario, buscador de caricias puntuales, alma libre de felino recluída en un universo ficticio.

Ayer me recordaron que ya es viejo para ser gato y me entró una congoja imprecisa al verlo estirarse al sol, ajeno a todo salvo a almacenar calor entre su pelaje, como si fuera una batería viva. Pareció intuir mi sentimiento: se vino hacia mí y durante un minuto entero lamió la palma de mi mano. Luego volvió al sol.

sábado, 8 de octubre de 2011

En un papel


Lo conocí hace tiempo, por casualidad. Llegó a mi casa, como a otras vecinas, repartiendo papeles con su teléfono y postulándose para todo tipo de chapuzas domésticas, "y otras", añadía misteriosamente el papel de su presentación. Yo lo cogí y le pregunté si sabía algo de jardines, me dijo que sí, que sabía de todo. Quedé en que lo avisaría para la poda de enero. Luego se me olvidó.
Pero llegado marzo me di cuenta de que aquello era una selva de malas hierbas y cactus. Entonces recordé el papelito. Lo busqué por todos los cajones hasta dar con él en uno de los de la cocina; estaba arrugado y medio escondido entre cajas de cerillas húmedas y abrelatas oxidados. Pero allí estaba, con el teléfono y el nombre: Wilson Guevara.

Lo llamé al día siguiente, pidiéndole ayuda urgente en mi arrebato súbito de desesperación ante lo que parecía una subversión vegetal. Le pedí que se pasara aunque sólo fuera para cortar las palmas más ariscas de las palmeras, que no me dejaban ni pisar la gravilla, con sus miles de espadas apuntándome desde todos los rincones. Me dijo que quizá el viernes podría…Yo le insistí “que total, un momentito”, y me dijo con su peculiar forma de hablar que sacaría un hueco si podía.

Lo cierto es que no lo tomé en serio, en parte por su tono entre dubitativo y cantarín y en parte por mi natural escepticismo a creer que puedo conseguir de buenas a primera lo que necesito. Pero para mi sorpresa, gratísima, cuando a los dos días salí al porche sin más esperanza que calentarme las manos con el tazón de café y el alma con la luz mediterránea, me lo encontré, sierra en mano, cortando ramas y dirigiendo a otro muchacho en la tarea de podar las palmas excéntricas. Nos saludamos y saqué café para los tres.

Ha pasado el tiempo.
Ahí está, arrancando matojos, y nos miramos y nos sonreímos como la primera vez.
Saco la cafetera a la mesa del porche y lo llamo para que no se nos enfríe el café. Se acerca y me besa, trata de coger la taza con los guantes aún puestos, nos reímos...
Ahora tenemos un jardín transitable y compartimos los cafés y el sol de los días, la lumbre de las noches, la incertidumbre permanente de las almas.
Hace tres años que lo conocí.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Escaqueos


Trato de jugar una partida de ajedrez con un niño de cuatro años. 
Ya conoce las posiciones de las piezas en el tablero y las sitúa de manera impecable, incluso dejando la casilla blanca a su derecha. Le he enseñado los movimientos de algunas: los peones y los alfiles van bien, las torres aún no consigue sacarlas de su esquina y, de momento, nos hemos atascado con el caballo, su figura favorita.
El caballo anda "a medias derecho y a medias torcido", dice, y el niño cambia a su antojo la forma en que avanza esa pieza por el tablero. Yo corrijo la marcha de su caballo cuando lo lanza sin medir sus pasos contra cualquiera de mis piezas, y él me mira sin entender que no pueda manejarlo a su criterio, puesto que es suyo.
No tiene edad para aprender esas reglas, lo sé, aún no puede entender juegos con normas tan complicadas, pero me gusta ver sus esfuerzos por entender esa guerra de figuras que andan entre escaques. Él quiere ganar, claro, y cada vez que mueve una de sus piezas retira una de las mías, pueda o no; cuando yo le como una suya se enfada, la coge y la guarda diciendo que esa no estaba en la lucha.
Me recuerda las actitudes que adoptamos de vez en cuando algunos adultos ante las adversidades. Nos negamos a admitir que determinadas cosas que habíamos puesto en juego, lo estaban en realidad. Queremos, a toro pasado, retirarlas de la liza por el sistema de mentirnos diciéndonos que no jugaban en esa partida, que no estaban en esa lucha...
Los niños son una fuente inagotable de aprendizaje. Y de agotamiento.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Buenos días, Pepi


Me encuentro a Pepi en la puerta del colegio. Sin transición, tras el saludo breve y obligado, inicia su letanía de penas de siempre que, inevitablemente, empieza por el estribillo de "ay, mi marido es que es muy raro, hija... tú, en cambio, qué bien vives, etc."
Yo me cargo de paciencia porque Pepi y yo tenemos un cierto grado de amistad de barrio y porque, de manera natural, me predispongo siempre a escuchar las quejas de los demás.
Su tesis favorita es que no puede hacer nada, "pero nada de nada". Un viaje a un lugar cercano, ir al cine, dar un paseo más allá de los límites del barrio por ejemplo, es algo para ella fuera de su alcance, dice, porque a su marido no le gusta, o no tiene ganas de moverse, o... Lo que sea. Da igual. En todo caso, un imposible.
En el fondo, según creo, ella se queja de no tener una vida propia. En su discurso subyace la idea de que ella vive en función de los gustos de otro, en este caso su marido, aunque no lo exprese así y quizá ni se atreve a pensarlo. 
Le digo que un marido no es un hígado ni ningún otro órgano vital y que, por lo tanto, ella podría decidir hacer algo sola, sin él. Me mira descolocada. No es la primera vez que le digo eso o algo parecido; es tan natural, tan de lógica elemental, que lo suelto sin pensar, forma parte de mi modo de entender las relaciones. 
Pero es la primera vez que veo a Pepi escuchar lo que digo, y sé que lo ha escuchado porque interrumpe la metralleta de palabras lamentosas y dice algo así como que es cierto, que va a pensar en eso...
Nos despedimos. A ella la espera su marido en el bar para desayunar juntos; yo me vengo a casa, donde nadie me espera. Perdón, me espera mi gato.
Ahora estoy un poco alarmada y un poco a la expectativa de ver lo que Pepi piensa hacer con esa información sobre la diferencia entre un marido y una pieza vital del organismo.
Espero que al menos salga a ver una película al centro con alguna amiga.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Mi amigo E.


"Pequeña Reata" ha acabado por darle un palo a mi amigo E.

E. siempre anduvo queriendo tener una finquita en el campo, pero cercana a la ciudad, para venir de vez en cuando a vernos a los colegas. Urbano hasta las trancas, fantasea con lo bucólico de manera estrámbotica y disparatada. Consiguió una parcela pequeña de tierra con una casita y sacó mucho cachondeo del fondo ácido de su ser para tener el cuajo de llamarla Pequeña Reata, un espacio metafórico al fin y al cabo.

Ayer me llamó E:
"Prima ¿te acuerdas de aquel potrillo que me compré?..."
"No..."
"Bueno, da igual, ehem, me dió una coz en la frente mientras le pelaba una pata y se me ha roto el tarro..."
"Diossssssssssss..."
"No, si ya estoy bien, te llamo para quedar a tomarnos un café..."
"Ah, bien, así nos contamos nuestras derrotas..."

Siempre hablamos de derrotas E. y yo, nos gusta adoptar esa pose de ver los detalles que rozan siempre los pequeños desastres.
Y siempre los comentamos con muchas risas y con absoluta ecuanimidad en el tono, con alegria incluso, si nos tenemos enfrente y nos miramos y nos decimos cualquier tontería por encima de la taza caliente o de la cerveza fría.

Ay, primo, que no siempre podemos seguir los sueños aunque estemos obligados a seguir soñando siempre. Esa fractura del frontal se cerrará, no cierres con ella tu capacidad de hacer locuras.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Homenaje


Me enteré por el mensaje de una amiga de la muerte, del asesinato, de Facundo Cabral, este verano.
Me puse a cantar algunas estrofas que recordaba de sus canciones, fragmentos poéticos y realistas de una determinada visión del mundo: la suya, tan cerca de mi corazón.

Luego, hace unos días, escuché en la radio un programa sobre él y las circunstancias de penuria en que se desenvolvió toda su infancia y gran parte de su vida.

"Más me preocupan tus ojos
que el odio del enemigo.
Nunca perdí por la fuerza
sólo el amor me ha vencido..."

Qué paradoja, al fin lo venció algún enemigo, o al menos lo mató...

Salud, compañero Facundo Cabral.

Si no miro, quizá...

¿Qué pasa en el mundo mientras yo no miro?

Sé que pasan las cosas de siempre:
que hay enemigos feroces que siguen luchando;
que las grandes financieras mantienen sus posiciones a costa de la sangre más desprotegida;
que hay sequías, huracanes, hambrunas...

No miro los informativos durante unos días, no compro diarios ni tengo acceso a la red.

Entonces imagino que el mundo es un lugar más amable y no este globo cuadriculado en fronteras.
Imagino que encuentro poemas y cuentos impresos en la factura del teléfono;
que no hay lágrimas de asfalto alumbradas por los semáforos;
que los armarios guardan quimeras;
que las pirotécnicas fabrican estrellas;
que hay besos que saben a caramelo;
que se oyen risas de niños por entre las madreselvas...
Imagino.
Y luego abro un periódico y la realidad, esa cabrona, me da otra gran bofetada.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Nuevo curso.


Hoy empieza el curso escolar en mi comunidad. 
Veo pasar a los chiquillos con las mochilas nuevas, con las miradas nuevas, con las sonrisas oscilantes entre la ilusión y la incertidumbre, camino del colegio. Algún juguete asomando por una mano cerrada, por un bolsillo... 

Niños, niños... 
Preciosos proyectos de futuro, entes tan completos ya. 
Los miro y siento su fragilidad y su gran fortaleza, y me dan alegría y pena. Me gustan y me asusta su inagotable energía instantánea. Temo por lo que la vida les irá ofreciendo: tenemos este patio tan revuelto siempre... 
Encontrarán a su paso maravillas, tendrán mil cosas que aprender, que hacer, que destruir...

Niños, prefiero no pensar en todo lo que tenéis por delante: me agota imaginarlo.