lunes, 12 de septiembre de 2011

En resumen



Al principio buscaba tu icono
esperando encontrarte en un verde improbable,
imposible: tú ya no venías.

Te busqué por las redes sociales.
Inútil intento, conozco
tu afán de secreto, tu incógnita innata.

Miraba el correo a diario
esperando un email
esperando el destello fugaz
de una sola palabra siquiera.
Tu dirección, tu imagen, pasaban ante mí
mudas siempre,
ni un sólo parpadeo.

La pantalla brillaba de ausencia
por todas sus páginas.

domingo, 11 de septiembre de 2011

En la orilla



He llegado hasta aquí.
Han sido muchos pasos hasta ahora
el camino fue largo.

Marqué huellas profundas en mi vida
a veces de derrotas
a veces de esperanzas
a veces, casi siempre,
de un andar anodino y silencioso.

Dejo ahí mi maleta, todo el lastre
de las cosas que ya no necesito.
Puedo así andar ligera, volar casi,
y entrarme mar afuera, como dicen
los viejos pescadores.

He llegado hasta aquí.

Regreso


Los regresos, por poco camino que se recorra, encuentran casi siempre la complicación de tener que echar los amarres, de nuevo, al muelle que dejaste. 
Yo trato de encontrar mi noray en este puerto, que me resulta algo extraño por la lejanía de más de dos meses.

Me gustaría tener una buena historia viajera que contar, pero sólo he estado recorriendo mis propias latitudes y hasta, a veces, mis oscuros fondos, desde una hamaca en tonos verdes colgada entre dos acacias.

Una de las grandes hazañas de mi verano fue impedir que murieran unas cuantas plantas, y luego ver nacer manojitos de jazmines azules y apostar conmigo misma si sabrían o no agarrarse a la tapia encalada junto a la que crecen. 
La aventura para los días de calma y transparencia acuática era bucear a dos metros de la superficie, entre rocas habitadas por mil zalemas de rayas amarillas, que pasaban olímpicamente de mí, y unos cuantos sargos curiosos, que salían de sus cuevas a mirarme con ojos fijos desde las dos partes de sus cuerpos aplastados... Ahí era yo más yo que nunca: siempre que tengo que salir a respirar lo hago lamentando fervientemente no tener branquias en mi cuerpo.

Ya lo veis, no vengo de la expedición de la Kon-tiki, sino de un verano de aguas metafóricamente movidas, de aventuras imaginadas. 
Quizá viajan así los modernos Ulises, no lo sé.

Ajena por un tiempo a las navegaciones de este medio, trato ahora de incorporarme a vuestro rumbo. La brújula señala a Itaca y aquí vengo.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Niños en casa.



Un oso de peluche bloquea el globo terráqueo,
Dino Buzzati aparece bajo un lagarto verde de plástico duro,
un montón de dinosaurios de goma
de diversos colores y tamaños
tapan completamente las obras de César Vallejo.

La ternura infantil impregna con su orden
el orden más austero de mi casa:
el tigre roto, serpientes amarillas, la gran araña
de patas filamentosas,
ponen alas de ángel a pesados ensayos
sobre antropología.

martes, 6 de septiembre de 2011

Jazmines azules

 
Quizá me sienta fuerte
si consigo que agarren
a la tapia de cal
los racimos aéreos de jazmines azules.

Mido la primavera
con un metro de zureos de palomas.

Me cuesta retornar a muros de rutina,
a gestos enlatados,
a horarios sin sentido.

Si por lo menos lloviera...

lunes, 5 de septiembre de 2011

De paso por la vida

 
Soy persona de andenes, de vías paralelas
-y mejor si son muertas-
de muelles en penumbra
de barcos que no llegan a destino.

Soy de sitios de paso, momentáneos
lugares sin saludos
y sin las despedidas.
Lugares con los pasos llenitos de metáforas.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Contra pronóstico

 
Contra lo esperado, dada mi natural desidia y desapego informático, he recordado que tenía un blog y hasta he recordado la manera de llegar a él: asombroso. 
Me refugio en esta soledad de palabras para mí misma, al fin y al cabo un sinsentido... Como tantos otros.
 
He vuelto hoy a casa de unas largas vacaciones donde han primado la soledad ruidosa y la tristeza casi permanente. 
Vivir sola rodeada de gente es mucha soledad; vivir triste mientras sonríes y alientas es mucha tristeza.
 
Quizá por eso, al llegar a casa he recordado este espacio en el que me hablo sin disimulos y pienso que lo bueno de esto es no tener que defender la soledad ni esquivarla, no buscarla porque está, no huirle porque es una aliada valiosa a la que amo.
He tenido algunos dolores estos meses que me han dejado machacada el alma.
Me propongo dejarme vivir. 
Simplemente respirar, vivir en la eternidad del instante. 
Ojalá pueda.

miércoles, 15 de junio de 2011

Al ponerse el sol

 

Después de tantos años aún recuerdo, como si lo estuviera viendo, el momento en que Marta, mi amiga, despegó las puntas de los pies del pretil de la ventana y, atraída por el vértigo o por lo que fuera, saltó al vacío. Siempre he tenido la sensación de que me hubiera dado tiempo de sujetarla, soy rápido, pero se me cruzó el gato, o una parálisis me atrapó, no sé lo que fue pero algo, con la inexorable obstinación de un instrumento del destino, me impidió llegar a ella.

Creo que estaba loca, pero nunca pensé que llegaría a esa estupidez de saltar desde la ventana del piso decimocuarto, mientras mirábamos al sol bajar lento por detrás de los edificios de enfrente y apostábamos por lo que podría durar una caída nuestra, si más o menos que la del sol, y qué cosas daría tiempo a pensar entretanto. Marta despegó los pies del alféizar de la ventana mirando al sol; luego, en un giro elegantísimo, me sonrió y la vi despegar entre un revuelo de brazos y falda.

Cuando me asomé a verla caer pensé que a ella le iba pasando su vida toda por delante, como dicen que pasa cuando uno va a morir y lo sabe y, claro, Marta sabía que no tenía manera de volver de nuevo al alféizar de la ventana y posar allí sus pies y luego bajar al suelo y seguir conmigo, hablando tranquilamente del tramo que le quedaba al sol para caer tras aquellos edificios.

Me puse a pensar con ella en su vida, que conocía como propia. Me vi siendo Marta en el parque infantil tirándome a la cara gravilla con una pala de plástico, luego me vi siendo Marta resbalando por el tobogán hasta donde yo la esperaba en el suelo. Me vi Marta en la escuela con sus cuadernos por estrenar y con los que ya tenía llenos de borrones; me vi Marta en el recreo y Marta en la pizarra sufriendo agonía de tiza entre los dedos. Ya por el piso noveno, me vi Marta enamorada de un compañero del instituto algo estrábico, cuya mirada a ella la volvía loca; me vi Marta contándome que lo besó en un pasillo entre dos clases, Marta ruborizada y con dedos electrizados que me pusieron de punta los vellos de mi antebrazo. Cuando ya iba por el piso quinto, creo, me vi Marta roneando en la discoteca, Marta dejando corazones rotos entre cubatas de hielo derretido, Marta pintándose de nuevo los labios de rosa para seguir besando al tipo rubio de la barra que me sacaba una cuarta. Seguía ella cayendo y yo era Marta, ya por el tercero, viendo que la vida era pura tontería que se iba al garete por mucho que una quisiera atraparla; me vi Marta preparando oposiciones, compitiendo, abandonando. Por el segundo piso, era ya Marta diciéndome que se sentía vieja con veintinueve años y que estaba cansada de este carrusel, que si se paraba un momento le pasaban por delante el coche de bomberos, el caballito marrón, el barco amarillo con timón de madera, y que le aburría estar allí viendo ese desfile interminable. Por el primer piso, me vi Marta que me preguntaba cuánto tardaría el sol de esa tarde en desaparecer por detrás de aquellos edificios tan altos que tenemos enfrente, y yo contestando que lo que todos los días: cuatro minutos desde donde estaba hasta el filo de aquel techo rojo, y Marta preguntando cuánto tardaría ella en caer los catorce pisos y si llegaría al suelo antes que el sol al techo rojo, y yo que eso no podríamos saberlo nunca, y Marta subiéndose a la ventana, poniendo en ella sus pies juntos y abriendo los brazos mirando al frente y, ya digo, un momentito de sonrisa elegante en mi dirección antes de despegar las puntas de los pies del alféizar de la ventana.

jueves, 9 de junio de 2011

París, 1.973

 

Se llamaba Marie Lafargue, la conocí en París.
Fui allí con dos amigos a pasar cuatro semanas de vacaciones, como viaje de fin de curso, en un dos caballos prestado. Acampamos en el Bois de Boulogne y nos prometíamos un mes glorioso en esa ciudad donde todas las mujeres nos parecían hermosas. Todas. 
Yo tenía veinte años y era mi primer viaje al extranjero.

A los dos días de llegar conocí a Marie. 
Estábamos sentados en una terraza de la orilla izquierda, en un alarde despilfarrador, y enfrente estaba ella en un banco mirando al río y fumando. Me fijé en esa mujer porque de vez en cuando se tocaba un pie, como en una caricia breve, hasta que en una de las caricias se quitó el zapato y lo tiró al Sena. Estuve un rato esperando que tirara el otro pero no lo hacía, así que cuando decidimos irnos del café me acerqué a gastarle una mala broma en un mal francés sobre la cojera coyuntural que la llevaría a su destino siguiente. Me miró con ojos tristes en cuyo fondo brilló de repente una chispa de ironía, y en buen español contestó que su destino siguiente no existía pero que llegaría a su casa descalza. Se quitó el otro zapato, me lo alargó con gesto de “por favor, tíralo tú mismo” y yo, sin dejar ya de mirar su mirada, lancé el zapato al río y extendí mis brazos en un ofrecimiento risueño y mudo de transporte. Aceptó mi oferta, como jugando se dejó coger por mí y empezamos a andar hacia su casa. A ratos caminando juntos y a ratos llevándola en brazos con la excusa de sus pies descalzos.

Pasé a los dos días por el Bois a recoger mi ropa y a quedar para la vuelta a España el día convenido. Seguí con Marie todo el tiempo que estuve en París, hubiera seguido con ella mi vida entera.
 
Ella tenía cuarenta y tres años y un hijo en algún sitio. Hacía traducciones de textos españoles e italianos, y los papeles se le acumulaban sobre la mesa de trabajo aquellos días en la misma proporción en que se nos acumulaba el amor, y a mí la felicidad no me daba tregua. Viví con ella días calurosos y eternos de eternidad volátil, que empezaban con un desayuno por la tarde y seguían con música y flores de madrugada. 
Marie era una diosa y yo oficiaba con devoción su culto. 
Si me miraba yo me derretía, si me tendía una mano yo tenía que hacer esfuerzos por mantener la dignidad y no correr hacia ella a cuatro patas o reptando. La despertaba besando sus párpados y las arruguitas de alrededor de sus ojos y de las comisuras de sus labios. Me volvían loco esas señales de su vida trazadas como a plumilla, delicadas y perennes. A ella no le gustaban; me decía, entre triste y bromista, que eran signos recordatorios de que podría ser mi madre, “pero no lo eres”, contestaba yo sin dejar de besarlas, “las adoro”, y era verdad: me atrapaban esas líneas como si fueran una tela de araña.
Con Marie el tiempo tenía una consistencia extraña y, entre un instante y el siguiente, mi reloj señalaba por lo menos cuatro horas de diferencia. Nos movíamos por los días como en el agua, lentos e ingrávidos; dormir o despertar a cualquier hora, salir a pasear con o sin zapatos, comprar baguettes y margaritas y volver a casa con risas y prisas era normal y eran rituales festivos: la fiesta de un amor inesperado y frágil.

Cuando los bocinazos del dos caballos me sacaron de allí fue contra mi voluntad más férrea de permanecer para siempre con ella. Hice el camino de regreso a los infiernos sin pronunciar palabra. 
Escribí cartas a Marie. 
Terminé la carrera. Escribí más cartas. Me casé con mi última novia de la Facultad. Escribí más cartas. 
Pasaban años, pasaban lustros, pasaban décadas. Escribí más cartas. No contestó nunca, pero su recuerdo me abrazaba siempre y a veces lo hacía con tanta fuerza que me ahogaba.

Hoy he recibido una carta remitida por un tal Paul Lafargue, comunicándome en dos líneas la muerte de su madre y adjuntando un sobre cerrado dirigido a mí por Marie.
Su única carta.


viernes, 20 de mayo de 2011

Días


Pasa el tiempo volando y no me cunde la vida. 
Por más que lo intento, el paso de las horas me atropella cada día, y cada noche me pregunto cómo no corrí lo suficiente para sacarle algo de partido. Luego pienso que sacar partido es una estupidez carente de sentido, que si saco del día un minuto válido ya me bastaría para... ¿Para qué? da igual, en todo caso.
 
He pasado fuera dos semanas, de nuevo en el lugar decadente de mi origen: esto suena solemne, pero no tiene solemnidad alguna, es mera visita a mi pueblo y a mi casa familiar. Esa casa de armarios con naftalina y cerraduras desvencijadas; esa del jardín decrépito donde las palmeras caen al suelo devoradas desde dentro por un escarabajo egipcio llamado el picudo rojo; esa que me trae evocaciones de una vida familiar ya desaparecida en sus formas originales.
En algún repentino ataque de nostalgia he pensado quedarme a vivir allí largas temporadas, tratar de recuperar un cierto orden en medio de los matorrales, dedicar algo de interés al crecimiento de las buganvillas y a que no termine de morirse el jazminero. Creo que podría habituarme a un tiempo lento sin más relojes que el ritmo de las plantas y del oleaje cercano. 
No sé, tengo que pensar en eso algún día.
 
Entretanto pasan cosas tan interesantes como ese movimiento social del 15 M, fascinante. Mañana pasaré por la concentración de la plaza para integrarme, o para impregnarme, o para saber de primera mano en qué está la iniciativa: otra primavera movida. Parece algo sensato y romántico, entusiasta, energético... Sorpresas necesarias.
 
Leo:
"En los pueblos como aquel se vive permanentemente a la espera de algo: de que alguien llegue o se vaya; de que nazca una criatura o alguien fallezca. La aldea adormecida aguardaba siempre un suceso, sólo después se ponía en movimiento."
La casa de la mezquita. Kader Abdolah.
 
Parece que el autor conozca mi pueblo mejor que yo.