El viento era tan fuerte que las gaviotas, enloquecidas, se refugiaron en el porche de mi casa.
Yo estaba comiendo mantecados de la pasada navidad, más que nada por no tirarlos pero también porque me gustan los dulces un montón. Con la puerta entornada miraba a esas aves que sólo me gustan de lejos y, por hacer algo y casi sin pensar lo que hacía, empecé a echar mantecados en el suelo. Caían los trozos y las rachas de viento cargadas de agua de mar los desperdigaban por el enlosado enseguida, mezclando las migas con hojas muertas de todos los arbustos cercanos, con agujas de pino, con juguetes de plástico olvidados en el jardín desde el verano anterior...
Yo estaba comiendo mantecados de la pasada navidad, más que nada por no tirarlos pero también porque me gustan los dulces un montón. Con la puerta entornada miraba a esas aves que sólo me gustan de lejos y, por hacer algo y casi sin pensar lo que hacía, empecé a echar mantecados en el suelo. Caían los trozos y las rachas de viento cargadas de agua de mar los desperdigaban por el enlosado enseguida, mezclando las migas con hojas muertas de todos los arbustos cercanos, con agujas de pino, con juguetes de plástico olvidados en el jardín desde el verano anterior...
Pasé la noche escuchando el graznido de las gaviotas.
Cuando salí al día siguiente, con unos vientos algo más llevaderos, las losas del porche estaban cubiertas de excrementos con olor a canela y ajonjolí.
Las gaviotas se habían marchado; estaban, como siempre, en las rocas de enfrente, todas alineadas formal y disciplinadamente de cara al viento.
Las gaviotas se habían marchado; estaban, como siempre, en las rocas de enfrente, todas alineadas formal y disciplinadamente de cara al viento.
Les brindé mi primera taza de café y agradecí su compañía ruidosa.

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