No sé el frío que hará fuera, ando aún en pijama y jersey y arrastrando mi segunda taza de café como si fuera la tabla de salvación de hoy.
Siempre me levanto igual últimamente, tendré que empezar a pensar que necesito un encuadre firme que me permita despertar sin preguntarme qué hacer (perdón, padrecito Lenin, por banalizar tan magna pegunta).
Siempre me levanto igual últimamente, tendré que empezar a pensar que necesito un encuadre firme que me permita despertar sin preguntarme qué hacer (perdón, padrecito Lenin, por banalizar tan magna pegunta).
Y a todo esto, no penséis que me acomete un súbito ataque de melancolía o similar, no; es más bien una especie de despiste esencial, o de retardo en saber orientarme cada día. Cosa que no consigo hasta que no haya suficiente cafeína circulando por mis venas, llegue al cerebro y encienda las pocas luces que haya disponibles por ahí.
Me rio al imaginar la restricción de esas luces, porque pensando en la subida brutal de las eléctricas, hasta esas luces dudosamente razonadoras habrá que apagarlas y empezar a pensar a oscuras y a plazos.
Me rio al imaginar la restricción de esas luces, porque pensando en la subida brutal de las eléctricas, hasta esas luces dudosamente razonadoras habrá que apagarlas y empezar a pensar a oscuras y a plazos.
Porque soy de mi confianza, porque me puedo leer a sabiendas de que no me asiste una locura mucho más extravagante que la del resto de los mortales, porque se me ocurren pamplinas a paletadas y las nombro; por todo ello, y porque aquí está este espacio en blanco, a modo de carta me dirijo al tun tun esta andanada de tonterías. Para recordarme.
Y por todo ello, me disculpo: es la edad, es el tiempo, "la culpa es de las lilas, que no florecen...".

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