miércoles, 31 de octubre de 2012

Juegos de azar


Nos cruzamos por la acera. 

Me miró con esa mirada que te deja temblando de arriba abajo, esa que dicen que desnuda. 
Sí, ya sé que es un topicazo lo de la mirada que desnuda, pero es que hay algunas así y ésta lo era.
Yo, tópico o no, sentí que él me veía por debajo de la falda y de las bragas, por debajo de la camiseta y hasta por dentro de los zapatos. Seguí andando, lenta y alelada, cuando noté que se acercaba. Me tocó el brazo, me paré, nos miramos. No tenía más de 25 años: delgado, moreno, con una expresión risueña entre tímida y canalla, muy desarmante. Con la desfachatez entusiasta de un niño caprichoso dijo: "me gustas, señora". 
Yo estaba muda. 
Muda y encantada. Me ilusioné y empecé a fantasear. 
Ese muchacho no veía en mí a una madre atareada que iba ligera a comprar libros, y luego a la frutería, y luego más de lo mismo... Estaba viendo en mí ¡¡en mí!! a una gheisa que reina sobre la ceremonia del té, a una cortesana dieciochesca llena de tirabuzones, a una concubina china de piel de porcelana... Mientras él me seguía mirando descarado, mi autoestima se inflaba como un pavo y hasta solté el carrito de la compra para comprobar que el pasador del pelo iba bien puesto... Oí de nuevo su voz que decía algo sobre acompañarlo a su casa, que estaba cerca, que la compartía con dos compañeros pero que en ese momento estaba solo, etc. Yo empecé a elaborar mentalmente un discurso elegante, pero contundente, para apuntalar una negativa rotunda que se negaba a materializarse en palabras. 
Seguí muda e inmóvil. 
Él apuntó algo en un papel y me lo puso en la mano, me dejó un beso rápido en los labios y se fue. 

Tenía su nombre, dirección, teléfono y correo electrónico en mi puño cerrado. Eché a andar de nuevo -más lenta, más aleleda- en dirección a la librería, con el papel en la mano para tirarlo a la primera papelera que encontrara. 

Bueno, a esa no, que está ahí al lado.

En la próxima papelera ya lo tiro.



En la siguiente, mejor.


Bueno, en la siguiente.


En la siguiente...

...

lunes, 29 de octubre de 2012

¿Mi día?...


Mi dia... pst, ya sabes, otro lunes.
Trayecto de hora y media hasta el trabajo
por culpa de las obras de autovía.

Litros de café solo
y unas cuantas pastillas de colores
que conforman -tres vivas a la ciencia-
una imagen felizmente adaptada,
domesticada y amable
de la loca que te amó.

Conflicto básico en el súper de la esquina
"¿compro pizza o lasagna?"
decide siempre el tiempo mínimo estimado
de la preparación.

Un jazmín ha abierto
sus cinco pétalos malvas
en la maceta de la ventana
de la cocina... Ese es mi día,
ya lo sabes.

sábado, 20 de octubre de 2012

Vuelo libre


En Aquellos Días eternos y fugaces
yo te escribía a diario
-pura inercia amorosa-
noticias tan carentes de importancia
que eran imprescindibles por completo:

El mecanismo de mi memoria se activa en tí,
amor inevitable como el día.
Me despierto contigo
corriendo por mis venas.

Levitaba hoy por la calle
cuando llegó un mensaje tuyo; no lo esperaba,
y me eché a planear sobre los simples mortales.
Como no manejo bien el vuelo libre,
estuve a punto de atropellar a un ciudadano en bicicleta.

Te llevo cosido a las plantas de los pies 
como la sombra de Peter Pan
para no perderte por esos mundos.

Te perdí, sin embargo.
Hoy toca la nostalgia. Ha venido
montada en nubes negras del oeste.
Me ha encontrado, de nuevo.

martes, 16 de octubre de 2012

Canto de abejarucos


 
Yo no sé quién es Conrad Schuman.

Hoy me ha llamado para decirme con gritos jubilosos, como de recien liberado de una amarga prisión, que ya estaba aquí, que me esperaba en el bar de siempre para el cafelito y que luego tendríamos que ir al mercado de la calle Feria a comprar mucha comida. Y flores.

Yo no sé quién es Conrad Schuman.
Sólo sé que es una golondrina tardía, rara y solitaria. Siempre llega a Sevilla por octubre o noviembre, huyendo -dice- de su ciudad de frío y nieblas nórdicas. Es sonriente, rosado y tierno como un bebé descomunal. Va por la calle mirando a su alrededor, como si esperara maravillas o milagros. Se para en las esquinas, olfatea el aire y se orienta con maestría hacia el olor a churros y a café. Pregunta a los vecinos los nuevos piropos en uso y los apunta en servilletas de papel que siempre lleva en los bolsillos. Anota todo: piropos, tacos, chistes, poesías, recetas... luego deja los papeles en el mostrador de un bar, en el puesto del pescado o en el banco de un parque. Muchas veces se limpia los mocos con sus escritos y después busca el papel poniendo del revés sus bolsillos y las papeleras del barrio.

A veces llama a mi puerta cargado de flores y de versos escritos en servilletas con anagramas de todos los bares de la zona norte.

A veces desayunamos juntos a las dos de la tarde y me cuenta sus pesadillas. Una recurrente tiene por protagonista a un paraguas azul que murmura gotas de lluvia en idiomas desconocidos y rompe con sus varillas las cuerdas de un violín. Cuando parece que va a llorar, suelta una carcajada, me coge de la mano y tira de mí. Subimos a la azotea a hablar de la inconsistencia de la luz y me recita, arrollidallo y sublime, los nombres de las torres y las cúpulas, de los campanarios, espadañas y puentes; y el nombre del rio. Nos sentamos en la plaza junto al muchacho loco que toca la guitarra y Conrad me dice: "Carmen, te quiero", con sus erres arrastradas y dificultosas, y yo sé que es verdad en ese momento de color ámbar y olor a lilas. Entonces sé que llega el final de su primavera.

Yo sueño con un vuelo de abejarucos. Él enciende su pipa y mira con ojos de humo hacia un gris lejano, canta fragmentos de Lohengrin y se queda en la cama mirando el estampado descolorido de las cortinas.

No, yo no sé quién es este hombre delicioso que pierde los zapatos en el parque y tiene infinitas teorías sobre la nostalgia.

Viene por octubre o noviembre y se marcha casi siempre en marzo.

Este hombre es Conrad Schuman.

viernes, 12 de octubre de 2012

Maneras de romper



Eran las 12 de la mañana y Aurora seguía remoloneando en la cama, agustísimo, esperando la llamada de Rafa que habría llegado al aeropuerto a eso de las 10 y ahora estaría ya en su casa, preparándose para llamarla y quedar. Aurora agradecía este día festivo que le permitía alargar así la mañana, con libros en la cama, el artículo que tiene pendiente de la Revista de Neuropsiquiatría, la taza de café en la mesita, el teléfono a mano y esperando a Rafa. Rafa la llamó ayer para decirle que había cambiado el billete y volvía hoy, que el congreso había sido cansado y se quedaba ese día para reponerse. Pero ya está en casa y ella deseando verlo. 

Estaba distraida cuando le entró un mail de Rafa ¡qué raro! pinchó rápida:

Aurora!! ya estoy en Sevilla, sé que te dije que te llamaría enseguida y que me estarás esperando, pero... tengo algo que contarte. Te hablé de la compañera de Epidemiología que presentó una comunicación interesante ¿te acuerdas? una chica de Granada, majísima. Bueno, en la cena de hace tres días se sentó frente a mí y tuvimos bastante feeling, unas miradas volcánicas nos cruzamos, ya sabes cómo son estas cosas. La verdad es que me gustó mucho, y antes de darnos cuenta estábamos tomando una copa, pasando del resto de compañeros que, desde luego, se dieron cuenta de la movida y fueron discretos. 

"¡¡¡Mamonazoooo, no me lo cuentes!!!" Aurora va a la cocina con lágrimas como naranjas corriéndole por la cara, coge del congelador un envase de medio kilo de helado de chocolate belga y una cuchara sopera y se va a la cama comiendo.

Nosotros no teníamos nada serio, como sabes, pero de alguna forma siento que... que he traicionado nuestra historia. Pero esta otra me ha cogido tan de improviso, con tanta violencia y ternura, que me siento muy pillado con esta mujer. Se llama Eva. Ayer los dos cambiamos la fecha de nuestra vuelta a casa para poder estar juntos un día más. 
Aurora, no sé cómo decirte cuánto siento hacerte daño...
Luego te escribo más, que ahora me voy a ir a comer con mis padres. 
Un beso.

Aurora grita de dolor. Suena el tono de mensajes en el móvil. Es Rafa: Aurora, te he escrito un mail. Cuando lo leas me dices. Abrazo. La esperanza se le heló en las venas. Con furia, se mete en la boca tres cucharadas seguidas de helado de chocolate. "¡¡Pero qué cuajo tienes, Rafa, qué cuajo!! me avisas para que no me pierda ese delicado parte informativo que usas para romper conmigo".

Entra otro mail cuando se ahogaba entre sollozos y helado:

Mira, me queda un poco de tiempo aún y quería decirte que esto ha sido inevitable, de verdad. Como si me hubiera caído encima un rayo de amor. Me siento muy triste ahora, no sé cómo seguiremos Eva y yo nuestra historia, ella tiene novio en Granada y todo es complicado. Pero han sido unos días tan bonitos, tan emocionantes. Me siento flotar ¿Lo comprendes? 

"Encima con cursilerías. Sin corazón y ñoño". El envase de helado baja de nivel rápidamente, la cara de Aurora es un mapa de churretes.

Un beso, y luego te sigo escribiendo.
Ah! te he mandado un sms.

Coge el móvil y relee el sms. Tiene que contestar asépticamente: antes prefiere hacerse el harakiri con el lápiz que tiene en la mesita que darle a entender a este hombre desalmado que se está muriendo a chorros. Lo he leído. Te escribiré. Feliz regreso. Y encima añade un emoticón de sonrisa, no fuera a pensar Rafa que estaba llorando como una Magdalena.

A las once de la noche, tiene tres correos más de Rafa en la bandeja de Entrada. No los ha abierto. Intuye que vienen más detalles que le arañarán el corazón. Tampoco puede apagar el ordenador, está pegada a él como si se hubieran calcinado juntos. Sigue con la cara enrojecida, los pañuelos de papel hacen corro en el suelo, el helado desapareció hace mucho, la ilusión también. 
La vida es así, se repite a cada paso, es así de cabrona y te da un guantazo cuando menos lo esperas. Mañana es sábado, por fortuna, así que tengo dos días para tragarme este caramelo, digerirlo y llegar a trabajar el lunes más o menos digna, para no gritar como una plañidera cuando me encuentre a Rafa en el hospital. ¿Y si mirara los traslados? Hablaré con el jefe del servicio, lo mismo hay alguna plaza libre de mi especialidad dentro del Área. 

Se tumba de lado abrazada al ordenador. Siguen entrando correos en la bandeja de vez en cuando, con su tinteneo fugaz de aviso.

jueves, 11 de octubre de 2012

La extraña visita



Don Luis Aráez llegó puntualmente a las once de la mañana, como había anunciado por carta. Mi abuela, su anfitriona por unos días, salió a recibirlo en forma protocolaria y lo introdujo al salón para presentarlo a la familia: mis padres, yo y tres hermanos que me seguían en orden cronológico, allí reunidos expectantes.

Un mes antes, mi abuela nos había preguntado -retórica pura- si sería problema acoger por tres o cuatro días a un señor muy respetable y erudito, sobrino carnal de una queridísssima amiga suya de la época escolar, con quien compartió dormitorio y aula durante los años de su infancia, internas ambas en un colegio de monjas de Aranjuez. La tal amiga le solicitaba ese favor, recomendándole encarecidamente a Don Luis, su sobrino, que andaba en estudios a mitad de camino entre la Religión y la Antropología y necesitaba vivir en primera línea nuestra Semana Santa, sobre la que llevaba años investigando.

Naturalmente, los adultos consultados, o sea mi padre y mi madre, estuvieron no sólo de acuerdo con alojar a ese señor durante la Semana Santa, sino aparentemente encantados, sobre todo porque la casa era de la abuela. 

Mi padre tenía su bufete, despacho y biblioteca, herencia todo ello de su padre, en unas habitaciones de la planta baja, y el resto de la vivienda era el domicilio familiar, ocupado por la abuela, mis padres, mis hermanos y yo, además de las dos chicas de servicio, que tenían su habitación también en la planta baja.

Llegó el día señalado y, como queda dicho, apareció puntual Don Luis en nuestra puerta. Se acomodó en la habitación que le fue destinada para su corta estancia entre nosotros, y allí sigue todavía, cuarenta y tres años después.

Los primeros veinte años yo mantuve la esperanza, que tenía más de juego que de otra cosa, de que un día Don Luis por fin echaría en falta a sus familiares y volvería con ellos, o que en una de sus visitas a amigos de otra ciudad se quedaría "pillado" con algunas costumbres de la zona y preferiría quedarse a vivir allí una temporada, para investigarlas. Pensaba mucho, conforme empecé a hacerme mayor, en la posibilidad de que se echara novia con casa propia y se casara y siguiera sus estudios eruditos desde su nueva dirección. Ya digo, era una esperanza desvaída y sin fuerza, un entretenimiento para perder el tiempo mientras la vida seguía su ritmo dentro y fuera de mi casa.

La verdad es que Don Luis se incorporó con una agilidad pasmosa a las rutinas familiares. No se le pasaba por alto una celebración, del tipo que fuera, y se ofrecía el primero para acompañar a mi abuela a sus misas y novenas, a funerales y a visitar a amigos y parientes de aspecto más bien siniestro. Mi madre y yo, primeras beneficiarias de esta cualidad de Don Luis, le quedamos por siempre agradecidas, y aprovechábamos ese tiempo regalado para otras cosas: mi madre retomó lo que pudo de su vida social entre parto y parto y yo tuve un tiempo extra para mis amigos.

Don Luis siguió con sus investigaciones y publicó varios libros, a cuya presentación acudimos todos los miembros de la familia que no pudimos ofrecer una excusa válida; se hizo un hueco en varios círculos de estudiosos relacionados con la Universidad y con otras Instituciones; escribía asiduamente en periódicos locales y en algunas revistas. Parecía muy feliz.

Entretanto, nacieron mis otros cinco hermanos, a tres de los cuales apadrinó Don Luis. Murió su tía, él fue al funeral y regresó a los dos días con una franja negra en la chaqueta y varias misas que encomendar por el descanso eterno de su alma. Murió al poco mi abuela y Don Luis renovó con bríos su luto y sus rezos. Mi madre adoptó el lugar de la abuela en la mesa y dio en celebrar todas las efemérides, buenas y malas, pasando Don Luis a ser su acompañante habitual. Mis hermanos se empezaron a ir de casa, algunos casados, otros con trabajo fuera de la ciudad. Mis padres murieron el año pasado, con pocos meses de diferencia y el último de mis hermanos salió de la casa hace un mes. 

Don Luis y yo aún estamos haciendo el proceso de tanta pérdida y tanto silencio.
Él sigue con sus Estudios, así de mayúsculos en su fuero interno. Yo trabajo en la casa porque, siguiendo la tradición familiar, heredé de mi padre, como él del suyo, bufete, prestigio y clientela. 

En cuanto cierre el despacho subiré a preguntarle si le apetece una tortilla francesa para cenar.

martes, 9 de octubre de 2012

Electroduendes


Mirar atrás no sirve para enmendar errores. Si acaso, te devuelve una visión de ellos más distorsionada aún, por la torsión de cervicales. Metafóricamente hablando, yo ya tengo una tortícolis crónica de pasarme todo el santo día girando la cabeza para mirar atrás a ver las muchísimas cosas que siempre hago mal.

He decidido mil veces apagar la memoria, exactamente el sector del departamento de fallos, pero nada, un mal duende con conocimientos de electricidad me arregla el apagón enseguida, y una corriente eléctrica renovada empieza a encender neuronas, una detrás de otra, como farolillos de verbena, y en un momento tengo de nuevo iluminadas las estampas que oscurecí.

Qué inútil trabajo.

(Me pregunto dónde estarán guardadas
las lágrimas que aún no derramé).

lunes, 8 de octubre de 2012

Canción de otoño


Germán llega a su taller de zapatería siempre a las nueve menos diez, prepara las herramientas y se sienta para ver llegar a su vecina de enfrente. Cualquier día saldré a saludarla de verdad, no con este gesto distante de cabeza. Cualquier día saldré, sí...


Agustina abre su tienda a las nueve en punto. Cada día el mismo ritual: mira brevemente al zapatero de enfrente, saluda educada con un gesto de la cabeza, busca las llaves en el bolso, abre la tienda y empieza a colocar en el escaparate los ovillos de lana de colores. Un día me atreveré, pasaré a saludarlo antes de abrir. Eso haré.


German trabaja contento. Mientras pone unas medias suelas o asegura un tacón, puede ver a su vecina con sólo levantarse de su banco de trabajo y mirar al otro lado de la calle. Le gusta la manera en que sonríe a sus clientes, su forma lenta de moverse, de coger los ovillos de la parte alta de la estantería; le parece que pone una gran ternura cuando le ofrece a las embarazadas lanas de colores pastel para ropita de recien nacido. Cualquier día iré a invitarla a un café, le caeré bien, nos enamoraremos.

Agustina acaricia las lanas a veces sin darse cuenta, mientras mira a hurtadillas, desde el escaparate, al zapatero concentrado en la reparación del calzado. Imagina sus manos precisas y duras. Un día iré al taller, nos enamoraremos. Cuando cerremos los negocios iremos juntos a casa cogidos del brazo, andando despacito y contándonos las anécdotas del día. Seremos felices.

A las ocho y media cierra Agustina. Lanza una mirada fugaz y como distraída a la zapatería y echa a andar por su lado de la calle, acera arriba.

Cuando ella desaparece al girar en la esquina, cierra Germán y echa a andar por su acera, calle abajo.

Soñó que las manos fuertes del zapatero acariciaban sus manos. Se despertó de golpe. Se levantó decidida a cruzar la calle y hacer la visita que deseaba hacer desde hacía años. Se vistió y peinó con especial esmero. Cuando llegó, temblorosa y sonriente, a la puerta de la zapatería, un cartel orlado en negro decía que el taller estaba cerrado por defunción. Cruzó a su tienda.
Lloró poniendo mucho cuidado en no manchar los ovillos de lana que colocaba en el escaparate: ese día tocaban colores tierra, por el otoño.

sábado, 6 de octubre de 2012

Puntos de vista

                                    
                                  


                                   Esta noche miro al cielo

                             y el cielo me devuelve la mirada

                               desde infinitos puntos de vista.




jueves, 4 de octubre de 2012

Tizones de kohl negro


¿Ya está?
¿Así que esto era todo?


Esto era todo...
Una suave pendiente imperceptible,
un plano autodeslizante
que te lleva -sin enterarte apenas-
al final absoluto del trayecto.


Algún momento mágico
alumbra la llanura.

¿Y eso es todo?

(Tizones de kolh negro en la mirada.
Vaho de lágrima oculta.
Nada importa.
Es sólo una tarde más.
Sólo es la tarde de un jueves
de septiembre.)

La marca del camino



Al recoger del tendedero el saco de dormir, he sabido con las tripas que el camino de este año había terminado. Fin. 
Mientras lo doblo para guardarlo, me llega el olor del hinojo y el romero que se metieron allí por descuido y que han impregnado el tejido resbaladizo. Meto la cara en la bola suave del saco enrollado y huelo el rastro de los días pasados.

Voy respirando los senderos de la llanura, la lluvia fina de los primeros días, los pueblos de piedra oscura y blasones, las casas de paredes de adobe -entre el barro marrón sobresalían hilos de paja dorada que brillaban al sol de la tarde, como un bordado en oro sobre el barro seco-, las rachas de viento en el páramo, el sol, los montes finales...
Aprieto más la cara contra el saco y aspiro la imagen de las personas que he encontrado: unos han pasado ligeros diciendo "buen camino", otros han andado algún tramo a mi lado, algunos se han convertido en compañeros importantes, algunos en amigos.

Mientras respiro el olor del saco, siento la libertad de ese Camino que me enseña tanto. Me enseña lo fácil que resulta vivir en el "aquí y ahora", disfrutando de cada momento como si fuera único; me enseña a escuchar a mi cuerpo: si me canso paro, si tengo hambre como -si no llevo comida me fastidio-, si me lesiono procuro curarme y seguir... Si voy con compañeros valoro la compañía, si voy sola escucho a los pájaros.

¿Y ahora qué?... Ahora que me había acostumbrado a descubrir cada día un paisaje distinto, un pueblo nuevo, unos desconocidos amables. Ahora que me enamoraba de golpe una iglesia de asombroso interior desnudo o la poesía de un amanecer en los montes. Ahora, que al volver una esquina o bajar una cuesta, podía reencontrarme con "amigos" que creía ya perdidos y caminar juntos otro rato, hacernos mil confidencias, compartir chocolate y reirnos por nada. Ahora que ya no recordaba mi procedencia ni mi destino y sólo sabía el nombre del lugar que me acogía... 

¿Que hago ahora conmigo?... Miro mi mochila en medio del salón y pienso en salir de nuevo con ella, volverme a las sendas del norte a caminar sin más rumbo que el marcado por las flechas amarillas y sin más objetivo que encontrar un albergue con una litera libre para cuando esté cansada. Echo en falta todo eso y mucho más: la ligereza de mi equipaje, las tardes lentas, las sonrisas enormes, los idiomas diversos alrededor de una misma mesa. Echo de menos el adiós de un amigo que me abrazó llorando en el recodo de nuestra despedida: cada una de sus lágrimas era un regalo inmenso de cariño envuelto en emoción transparente, como un celofán líquido y tibio. 

Me despego del saco sintiendo en el alma la marca del camino. 
La marca del camino es esta sensación de extrañeza que mantengo durante muchos días cuando regreso a casa; la sensación de vivir sobre una cuerda, como una funambulista que mantiene a duras penas el equilibrio entre el mundo habitual que me sitúa en coordenadas "sensatas" y el mundo desmarcado del que vengo.

¿Y ahora qué...?
Ahora tengo que ir desaprendiendo los días vividos tal como llegaban, paso a paso, días tan al margen de la realidad cotidiana, tan al margen de rutinas, que acabas por olvidar que éstas existen.
Ahora mi espíritu nómada se siente atrapado y perdido en las habitaciones de mi casa, y se rebela en formas raras.
Ahora los días están desubicados...